El Americano
El Americano Urbain de Bellegarde le miró de hito en hito, después cambió de sitio y se apoyó en la butaca de su madre, detrás. Era evidente que la súbita irrupción habÃa incomodado tanto a la madre como al hijo. Madame de Cintré permanecÃa en silencio, posando sus ojos sobre los de Newman. A menudo le habÃa mirado con toda su alma, tal y como él lo entendÃa; pero en esta mirada de ahora habÃa una suerte de hondura sin fondo. Estaba sufriendo; jamás habÃa visto Newman cosa tan conmovedora. El corazón se le subió a la garganta, y a punto estuvo de dirigirse a los acompañantes de madame de Cintré en furioso desafÃo; pero ella le contuvo, apretando la mano que sostenÃa la suya.
—Ha ocurrido algo muy serio —dijo—. No puedo casarme con usted.
Newman le soltó la mano y se quedó mirando, primero a ella y luego a los demás.
—¿Por qué no? —preguntó con toda la calma que le fue posible.
Madame de Cintré casi sonrió, pero el intento fue extraño.
—Debe preguntarle a mi madre, debe preguntarle a mi hermano.
—¿Por qué no se puede casar conmigo? —dijo Newman, mirándolos.