El Americano
El Americano El que había sido padrino de Valentin abrió los ojos de par en par y sacudió con solemnidad la cabeza de arriba abajo dos o tres veces, emitiendo a la vez un silbidito aflautado. Pero habían llegado a la posada, y una corpulenta criada con gorro de dormir estaba en la puerta con una linterna para recoger la bolsa de viaje de Newman de manos del portador que a duras penas venía caminando detrás. Valentin estaba alojado en la planta baja, al fondo de la casa, y el acompañante de Newman avanzó por un pasillo de muros de piedra y abrió suavemente una puerta. Entonces le hizo señas y Newman avanzó y observó la habitación, iluminada con una sola vela en un fanal. Junto al fuego, vestido con un camisón, dormía sentado monsieur de Grosjoyaux; era un pequeño hombre regordete y rubio a quien Newman había visto en varias ocasiones en compañía de Valentin. Sobre la cama yacía éste, pálido y quieto, con los ojos cerrados; una figura muy chocante para Newman, que hasta entonces le había visto despierto de la cabeza a los pies. El colega de monsieur de Grosjoyaux le señaló una puerta abierta al otro lado, y susurró que el doctor estaba dentro, haciendo guardia. Por supuesto, mientras Valentin durmiese, o pareciese dormir, Newman no podía acercarse a él; así que nuestro héroe se retiró por el momento, y se puso en manos de la bonne semidespierta. Ésta le llevó a una habitación del piso de arriba, y le ofreció una cama en la que un almohadón inmenso, de cálico amarillo, hacía de colcha. Newman se acostó, y, a pesar de la colcha, durmió durante tres o cuatro horas. Ya estaba bien entrada la mañana cuando despertó; el sol invadía toda su ventana, y oyó, fuera, el cloqueo de unas gallinas.