El Americano

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Mientras se vestía, se acercó hasta su puerta un emisario de monsieur de Grosjoyaux y su acompañante para proponerle que desayunase con ellos. Bajó entonces al pequeño comedor empedrado, donde la criada, que se había quitado el gorro de dormir, estaba sirviendo la comida. Allí estaba monsieur de Grosjoyaux, sorprendentemente lozano para un caballero que había estado ejerciendo de enfermero durante media noche, frotándose las manos y contemplando con atención la mesa del desayuno. Newman reanudó el trato con él y se enteró de que Valentin seguía dormido; el médico, que había pasado una noche medianamente tranquila, le estaba velando en esos momentos. Antes de que reapareciese el adjunto de monsieur de Grosjoyaux, Newman supo que su nombre era monsieur Ledoux, y que la relación de Bellegarde con él databa de los días en que habían servido juntos en los Zuavos Pontificios. Monsieur Ledoux era el sobrino de un distinguido obispo ultramontano. Al fin llegó el sobrino del obispo, con un atuendo que evidenciaba un hábil intento de armonizar con la peculiar situación y una solemnidad atemperada por su decorosa deferencia hacia el mejor desayuno que la Croix Helvétique jamás había servido. El criado de Valentin, a quien sólo se le permitía el honor de velar a su señor con cuentagotas, había estado echando una liviana mano parisina en la cocina. Los dos franceses hicieron todo lo posible por demostrar que, si bien las circunstancias podían ensombrecer el talento nacional de la conversación, no lo podían oscurecer, y monsieur Ledoux recitó un primoroso panegírico del pobre Bellegarde, de quien declaró que era el inglés más encantador que jamás había conocido.


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