El Americano
El Americano Valentin se quedó mirándole fijamente, más brillantes los ojos, los labios entreabiertos en silencio y un rubor en su pálido semblante. Newman jamás habÃa pronunciado tantas palabras en tono quejumbroso, pero ahora, al hablarle a Valentin en una circunstancia tan extrema para el pobre hombre, tenÃa la sensación de que se estaba quejando en presencia del poder al que rezan los hombres cuando se encuentran en apuros; sintió como si su efusión de resentimiento fuese una especie de privilegio espiritual.
—¿Y Claire? —dijo Bellegarde—, Claire, ¿ha renunciado a usted?
—Realmente, no lo creo —dijo Newman.
—No, no se lo crea, no se lo crea. Está ganando tiempo; discúlpela.
—¡La compadezco! —dijo Newman.
—¡Pobre Claire! —murmuró Valentin—. Pero ellos… ellos… —y volvió a hacer una pausa—. Usted los vio; ¿le dijeron a la cara que le descartaban?
—A la cara. Fueron muy explÃcitos.
—¿Qué dijeron?
—Dijeron que no podÃan soportar a una persona mercantil.
Valentin sacó la mano y la dejó caer sobre el brazo de Newman.
—¿Y respecto a su promesa… a su compromiso con usted?