El Americano
El Americano —Hicieron una distinción. Dijeron que tenÃa validez sólo hasta que madame de Cintré me aceptase.
Valentin estuvo un rato con la mirada perdida, y el rubor se le extinguió.
—No me cuente nada más —dijo al fin—. Estoy avergonzado.
—¿Usted? Usted es el honor en persona —se limitó a decir Newman.
Valentin gimió y apartó la cabeza. Durante un tiempo, nada más se dijo. Entonces se volvió de nuevo y reunió unas pocas fuerzas para presionar el brazo de Newman.
—Está muy mal… muy mal. Cuando mi gente, cuando mi raza, llega a esto, es hora de que yo me retire. Creo en mi hermana; ella se lo explicará. Discúlpela. Si mi hermana no puede… si no puede, perdónela. Ha sufrido. Pero en cuanto a los demás, está muy mal… muy mal. ¿Le resulta muy duro? Pero no, es una vergüenza que le obligue a decir eso…
Cerró los ojos y de nuevo se produjo un silencio. Newman se sentÃa casi sobrecogido; habÃa evocado un espÃritu más solemne que el que habÃa esperado. Entonces Valentin volvió a mirarle, retirando la mano de su brazo.