El Americano

El Americano

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—Le pido disculpas —dijo—. ¿Entiende? Aquí, en mi lecho de muerte. Le pido disculpas por mi familia. Por mi madre. Por mi hermano. Por la antigua casa de Bellegarde. Voilà! —añadió suavemente.

A modo de respuesta, Newman le cogió la mano y se la estrechó con inmenso afecto. Valentin se quedó callado, y media hora después el doctor entró sin hacer ruido. Tras él, a través de la puerta semiabierta, Newman vio los rostros interrogadores de los señores de Grosjoyaux y Ledoux. El doctor puso su mano sobre la muñeca de Valentin y se quedó sentado mirándole. No hizo ninguna seña y los dos caballeros entraron, después de que monsieur Ledoux le hiciese un ademán a alguien que estaba fuera. Era monsieur le Curé, que llevaba en la mano un objeto que Newman desconocía, cubierto con una servilleta blanca. Monsieur le Curé era bajo, redondo y colorado. Avanzó mientras se quitaba su pequeña capa negra y se la daba a Newman, y depositó su carga sobre la mesa; y entonces se sentó en la mejor butaca, con las manos cruzadas sobre su persona. Los otros caballeros habían intercambiado miradas que expresaban unanimidad respecto a la oportunidad de su presencia. Pero durante un buen rato Valentin ni habló ni se movió. Newman, más adelante, estuvo seguro de que monsieur le Curé se había dormido. Al fin, de modo abrupto, Valentin pronunció el nombre de Newman. Su amigo se acercó a él, y éste le dijo:


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