El Americano
El Americano —No está usted solo. Quiero hablarle a solas —Newman miró al doctor, y el doctor miró al cura, que le devolvió la mirada; y luego el doctor y el cura se encogieron de hombros al unÃsono—. A solas… cinco minutos —repitió Valentin—. Por favor, déjennos.
El cura volvió a coger su carga y encabezó la salida, seguido de sus acompañantes. Newman cerró la puerta a su paso y regresó junto al lecho. Bellegarde habÃa estado observándolo todo con intensidad.
—Está muy mal, está muy mal —dijo cuando Newman se hubo sentado cerca de él—. Cuanto más lo pienso, peor me parece.
—Ah, no piense en ello —dijo Newman.
Pero Valentin siguió, sin hacerle caso.
—Incluso aunque volviesen a cambiar de parecer, la vergüenza… la bajeza… está ahÃ.
—¡Ah, no cambiarán de parecer! —dijo Newman.
—Bueno, usted puede conseguirlo.
—¿Conseguirlo?
—Le puedo contar una cosa, un gran secreto, un secreto inmenso. Lo puede utilizar en su contra… asustarlos, forzarlos.
—¡Un secreto! —repitió Newman.