El Americano

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De momento, la idea de permitir que Valentin, en su lecho de muerte, le confiase un «secreto inmenso» le escandalizó, y le hizo echarse atrás. Le parecía un modo ilícito de obtener información, que incluso guardaba cierta vaga analogía con escuchar a través de una cerradura. Entonces, de pronto, la idea de «forzar» a madame de Bellegarde y a su hijo se le hizo atractiva, y Newman agachó la cabeza para acercarla más a los labios del moribundo. Sin embargo, durante un rato éste no dijo nada más. Se limitó a yacer mirando a su amigo con ojos ardientes, dilatados, preocupados, y Newman empezó a creer que había estado delirando. Pero al fin dijo:

—Se hizo algo… se hizo algo en Fleurières. Fue juego sucio. Mi padre… algo le ocurrió. No sé; he estado avergonzado… con miedo a enterarme. Pero sé que hay algo. Mi madre lo sabe… Urbain lo sabe.

—¿Algo le ocurrió a su padre? —dijo Newman con tono apremiante.

Valentin le miró con ojos aún más abiertos.

—No se recuperó.

—Recuperarse, ¿de qué?

Pero el inmenso esfuerzo que había hecho Valentin, primero para decidirse a pronunciar estas palabras, y después para sacarlas afuera, parecía haberse adueñado de sus últimas fuerzas. Volvió a guardar silencio, y Newman se quedó mirándole.


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