El Americano

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—¡Bueno, es un gran paso adelante! —dijo Newman, con una afable sonrisa de ánimo. Empujó una silla hacia ella y la sostuvo, mirándola con apremio. Madame de Cintré se sentó mecánicamente, y él se sentó cerca; pero a renglón seguido se puso en pie, agitado, y se colocó delante de ella. Madame de Cintré siguió sentada, como una criatura desazonada que ya hubiese pasado la fase de agitación.

—Digo que no se ha de ganar nada con que yo le vea —prosiguió—, y aun así me alegra mucho que haya venido. Ahora puedo decirle lo que siento. Es un placer egoísta, pero es uno de los últimos que he de tener —y se detuvo observando a Newman con sus grandes ojos empañados—. Sé hasta qué punto le he defraudado y le he hecho daño, sé lo cruel y cobarde que he sido. Lo veo con tanta claridad como usted… lo siento hasta la médula —se soltó las manos, que estaban entrelazadas sobre su regazo, y después de alzarlas las dejó caer—. Todo lo que pueda haber dicho de mí en el punto más colérico de su ira no es nada comparado con lo que yo me he dicho a mí misma.

—En lo más colérico de mi ira —dijo Newman— no he dicho nada duro de usted. Lo peor que he dicho hasta ahora es que es usted la más encantadora de las mujeres —y volvió a sentarse con un movimiento abrupto frente a ella.


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