El Americano
El Americano Madame de Cintré se ruborizó un poco, pero hasta su rubor era pálido.
—Eso es porque cree que volveré. Pero no volveré. Ha venido aquà con esa esperanza, lo sé; lo siento mucho por usted. HarÃa casi cualquier cosa por usted. Decir esto, después de lo que he hecho, es lisa y llanamente una insolencia; pero ¿qué puedo decir que no resulte insolente? Agraviarle y pedirle disculpas… eso es demasiado fácil. No deberÃa haberle agraviado —se detuvo un instante, mirándole, y le hizo un ademán para que le permitiese continuar—. No deberÃa haberle escuchado al principio; ése fue el error. No podÃa salir nada bueno de ahÃ. Lo notaba, y aun asà escuché; eso fue culpa suya. Le apreciaba demasiado; creÃa en usted.
—¿Y ya no cree en m�
—Más que nunca. Pero ahora no importa. He renunciado a usted.
Newman se dio un golpecito en la rodilla con el puño apretado.
—¿Por qué, por qué, por qué? —exclamó—. Deme una razón… una razón convincente. No es usted ninguna chiquilla… no es menor de edad, ni idiota. No está obligada a dejarme porque se lo haya dicho su madre. Una razón asà no es digna de usted.