El Americano
El Americano —Lo sé; no es digna de mÃ. Pero es la única que tengo. Al fin y al cabo —dijo madame de Cintré tendiendo sus manos—, ¡considéreme una idiota y olvÃdese de mÃ! Será la manera más fácil.
Newman se puso en pie y se alejó con la abrumadora sensación de que su causa estaba perdida, y aun asà con idéntica incapacidad para renunciar a la lucha. Se acercó a uno de los grandes ventanales y miró la recia represa del rÃo y los formales jardines que se expandÃan más allá. Cuando se dio la vuelta, madame de Cintré se habÃa levantado; no se movió, silenciosa y pasiva.
—No es usted franca —dijo Newman—; no es honrada. En vez de decirme que es imbécil, deberÃa decir que otras personas son malas. Su madre y su hermano han sido falsos y crueles; lo han sido conmigo, y estoy seguro de que también lo han sido con usted. ¿Por qué intenta escudarlos? ¿Por qué me sacrifica a ellos? No soy falso; no soy cruel. No sabe usted a qué está renunciando; bien puedo decirle que… que no lo sabe. La intimidan y urden intrigas en torno a usted; y yo… yo…
Newman se detuvo y extendió las manos. Madame de Cintré se dio la vuelta y se dispuso a dejarle.
—El otro dÃa me dijo que temÃa a su madre —dijo mientras la seguÃa—. ¿A qué se referÃa?
Madame de Cintré sacudió la cabeza.
—Lo recuerdo; después me arrepentÃ.