El Americano
El Americano —Al menos ha salido una cosa buena de todo esto: he conseguido que me juzgue usted con más imparcialidad. Me veÃa usted a una luz que me honraba mucho; no sé por qué se le metió en la cabeza. Pero no me daba ninguna escapatoria… ninguna oportunidad de ser la criatura débil y vulgar que soy. No fue culpa mÃa; se lo advertà desde el primer momento. Pero deberÃa habérselo advertido más. TendrÃa que haberle convencido de que estaba condenada a decepcionarle. Sin embargo, en cierto sentido fui demasiado orgullosa. ¡Ya ve usted a qué se reduce mi superioridad, espero! —continuó, elevando la voz con un temblor que aun en esas circunstancias a Newman le pareció hermoso—. Soy demasiado orgullosa para ser sincera, pero no soy demasiado orgullosa para ser desleal. Soy tÃmida y frÃa y egoÃsta. Tengo miedo a estar incómoda.
—¡Y dice que casarse conmigo es incómodo! —exclamó Newman, con los ojos abiertos de par en par.
Madame de Cintré se sonrojó un poco, como si quisiera decir que, si bien era una insolencia por su parte suplicarle perdón con palabras, al menos asÃ, en silencio, podÃa expresar que comprendÃa perfectamente que a él le pareciese odiosa su conducta.
—Casarme con usted, no, sino hacer todo lo que eso conllevarÃa: la ruptura, el desafÃo, el insistir en ser feliz a mi modo. ¿Qué derecho tengo a ser feliz cuando… cuando…? —y se detuvo.