El Americano
El Americano —¿Cuando qué? —quiso saber Newman.
—Cuando otros han sido enormemente desgraciados.
—¿Qué otros? —preguntó Newman—. ¿Qué tiene usted que ver con otros más que conmigo? Además, acaba de decir que querÃa la felicidad, y que la encontrarÃa si obedecÃa a su madre. Se contradice.
—SÃ, me contradigo; eso le demuestra que ni siquiera soy inteligente.
—¡Se está riendo de mÃ! —exclamó Newman—. ¡Se burla de mÃ!
Madame de Cintré le miró intensamente, y un buen observador podrÃa haber pensado que se estaba preguntando si acaso no terminarÃa antes con su dolor compartido confesando que se estaba burlando de él.
—No, no me burlo —dijo al fin.
—Concediendo que no es usted inteligente —siguió Newman—, que es débil, que es vulgar, que no es nada de lo que yo pensaba… lo que le pido no es ningún esfuerzo heroico, es un esfuerzo muy común. Hay muchas cosas, por mi parte, para facilitarlo. La triste realidad es que no le importo lo suficiente para hacerlo.
—Tengo frÃo —dijo madame de Cintré—. Estoy tan frÃa como las aguas de ese rÃo.
Newman dio un sonoro golpe en el suelo con su bastón, y soltó una risa larga y sombrÃa.