El Americano
El Americano —¡Bien, bien! —exclamó—. Va usted demasiado lejos… se pasa de la raya. No hay ni una sola mujer en el mundo que sea tan mala como se empeña en pintarse usted. Ya veo cuál es su juego; es lo que dije antes. Se está usted ennegreciendo para blanquear a otros. Usted no quiere renunciar a mà en asboluto; me aprecia… me aprecia. Sé que es asÃ; lo ha demostrado, y lo he sentido. ¡Después, ya puede usted estar todo lo frÃa que quiera! La han intimidado, repito; la han torturado. Es un ultraje, e insisto en salvarla de la extravagancia de su propia generosidad. ¿Se cortarÃa usted la mano si su madre se lo pidiese?
Madame de Cintré parecÃa un poco atemorizada.
—El otro dÃa hablé de mi madre con excesiva ceguera. Soy dueña de mà misma, por ley y por el consentimiento de ella. No me puede hacer nada; no me ha hecho nada. Jamás ha aludido a aquellas palabras tan duras que le dediqué.
—¡Ha hecho que usted las sienta, se lo digo yo! —dijo Newman.
—Es mi conciencia la que me lleva a sentirlas.
—¡Me da la impresión de que su conciencia está bastante confusa! —exclamó apasionadamente Newman.
—Ha estado muy atribulada, pero ahora está muy clara —dijo madame de Cintré—. No renuncio a usted por ningún beneficio mundano ni por ninguna felicidad mundana.