El Americano
El Americano —Sé cuáles son sus sentimientos; ¡son supersticiones! Son el sentimiento de que, al fin y al cabo, aunque soy un buen tipo, he estado metido en negocios; el sentimiento de que las miradas de su madre son ley y las palabras de su hermano el Evangelio; que son ustedes una piña, y que forma parte de las imperecederas reglas del decoro el que metan mano en todo lo que usted hace. Me hierve la sangre. Eso es frÃo; tiene usted razón. Y lo que siento aquà —y Newman se golpeó el corazón y se puso más poético que nunca— ¡es un fuego abrasador!
Un espectador menos absorto que el turbado pretendiente de madame de Cintré habrÃa tenido desde el comienzo la certeza de que la atractiva calma de su porte era fruto de un violento esfuerzo, a pesar de lo cual la marea de la agitación iba subiendo a ritmo acelerado. Ante estas últimas palabras de Newman se desbordó, aunque al principio habló en voz baja, por miedo a que su voz la traicionase.