El Americano

El Americano

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—No, no tenía razón en lo que dije: ¡no soy fría! Creo que si estoy haciendo algo que parece tan malvado, no es por mera debilidad y falsedad. Señor Newman, es como una religión. No se lo puedo decir; ¡no puedo! Es cruel por su parte insistir. No veo por qué no habría de pedirle que me crea… y que me compadezca. Es como una religión. Ha caído una maldición sobre la casa; no sé qué… no sé por qué… no me pregunte. Todos hemos de soportarla. He sido demasiado egoísta; quería escapar a la maldición. Usted me ofreció una oportunidad magnífica… aparte de que le apreciaba. Parecía bueno cambiar del todo, romper, marcharme. Y además le admiraba. Pero no puedo… me ha tomado la delantera y ha vuelto a mí —el dominio de sí misma la había abandonado por completo y largos sollozos entrecortaban sus palabras—. ¿Por qué nos ocurren cosas tan espantosas… por qué matan a mi hermano Valentin, como a un animal salvaje, en plena juventud y alegría y brillantez y todo aquello por lo que le amábamos? ¿Por qué hay cosas que no puedo preguntar… que temo saber? ¿Por qué hay sitios que no puedo ver, sonidos que no puedo oír? ¿Por qué me ha sido dado escoger, decidir, en un caso tan arduo y tan terrible como éste? No estoy hecha para esto: no estoy hecha para la valentía y el desafío. Fui hecha para ser feliz de un modo tranquilo y natural —al oír esto Newman soltó un gemido expresivo, pero madame de Cintré continuó—: Fui hecha para hacer de buena gana y con gratitud lo que se espera de mí. Mi madre siempre se ha portado muy bien conmigo; no puedo decir más. No debo juzgarla; no debo criticarla. Si lo hiciera, pagaría por ello. ¡No puedo cambiar!


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