El Americano
El Americano —No —dijo con amargura Newman—; soy yo quien ha de cambiar, ¡aunque el esfuerzo me parta en dos!
—Usted es diferente. Usted es un hombre; lo superará. Tiene todo tipo de consuelos. Usted nació… usted fue adiestrado… para los cambios. Además… además, siempre pensaré en usted.
—¡Eso me tiene sin cuidado! —exclamó Newman—. Es usted cruel… terriblemente cruel. ¡Dios la perdone! Puede que tenga las mejores razones y los sentimientos más nobles del mundo; no cambia las cosas. Es usted un misterio para mÃ; no entiendo cómo tanta dureza puede acompañar a tan gran encanto.
Madame de Cintré le observó un momento con los ojos arrasados de lágrimas.
—¿Piensa usted, pues, que soy dura?
Newman respondió a su mirada, y después estalló:
—¡Es usted una criatura absolutamente irreprochable! ¡Quédese conmigo!
—Por supuesto que soy dura —siguió ella—. Siempre que causamos dolor, somos duros. Y debemos causar dolor; asà es el mundo… ¡el odioso y miserable mundo! ¡Ah! —exhaló un suspiro largo y profundo—, ni siquiera puedo decir que me alegro de haberle conocido… aunque asà es. También eso serÃa agraviarle. Nada puedo decir que no sea cruel. Asà que separémonos, sin más. ¡Adiós! —y le tendió la mano.