El Americano

El Americano

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Newman se quedó mirándole la mano sin cogérsela, y después elevó los ojos a su rostro. Tenía ganas de verter lágrimas de rabia.

—¿Qué va a hacer? —preguntó—. ¿Adónde va a ir?

—A donde no pueda causar más dolor ni sospeche que existe el mal. Me voy fuera del mundo.

—¿Fuera del mundo?

—Voy a ingresar en un convento.

—¡En un convento! —repitió Newman con profunda consternación; era como si le hubiese dicho que iba a ingresar en un hospital—. ¡A un convento…! ¡Usted!

—Le dije que no le abandonaba por ventajas y placeres de este mundo.

Pero Newman seguía sin apenas comprender.

—¿Va a ser monja —siguió—, toda la vida… en una celda… con hábitos y un velo blanco?

—Monja… monja carmelita —dijo madame de Cintré—. Toda la vida, con la gracia de Dios.

A Newman la idea se le antojó demasiado turbia y horrenda para ser creíble, y le hizo sentirse igual que se habría sentido de haberle dicho ella que se iba a mutilar su bello rostro, o a beber alguna pócima que fuese a enloquecerla. Se agarró las manos y empezó a temblar de manera palmaria.


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