El Americano
El Americano —Madame de Cintré, ¡no lo haga, no lo haga! —dijo—. ¡Se lo suplico! Si quiere, me pondré de rodillas para suplicárselo.
Ella posó su mano sobre el brazo de Newman, con un gesto tierno, compasivo, casi tranquilizador.
—No lo entiende. Tiene ideas equivocadas. No es nada horrible. Tan sólo es paz y seguridad. Es para estar fuera de un mundo donde problemas como éste les sobrevienen a los inocentes, a los mejores. Y para toda la vida… ¡ahà está la bendición! No pueden volver a ocurrir.
Newman se desplomó en una silla y se quedó sentado, mirándola con un largo murmullo inarticulado. Que aquella espléndida mujer, en quien habÃa visto toda la gracia humana y todo el brÃo de un hogar, se fuese a alejar de él y de todas las cosas brillantes que le ofrecÃa —él, su futuro, su fortuna, su fidelidad— para embozarse en andrajos ascéticos y enterrarse en una celda era una desconcertante combinación de lo inexorable y lo grotesco. A medida que la imagen se le iba representando con más intensidad, lo grotesco se iba expandiendo hasta cubrirla; era una reducción al absurdo de la prueba a la que estaba sometido.
—¡Usted… monja! —exclamó—. ¡Usted, su belleza mutilada… usted, tras cerrojos y barrotes! ¡Jamás, jamás si puedo impedirlo! —y, soltando una risa violenta, se puso en pie de un salto.