El Americano
El Americano —No puede impedirlo —dijo madame de Cintré—, y deberÃa, al menos un poco, satisfacerle. ¿Se imagina que siguiese viviendo en el mundo, todavÃa a su lado y sin embargo sin usted? Está todo organizado. Adiós… adiós.
Esta vez Newman le cogió la mano; la cogió entre las suyas.
—¿Para siempre? —dijo. Los labios de madame de Cintré hicieron un movimiento inaudible y los de él pronunciaron una profunda imprecación. Ella cerró los ojos, como si oÃrla le doliese; entonces Newman la arrastró hacia él y la estrechó contra su pecho. Besó su blanco rostro; por un momento ella se resistió y al otro se rindió; entonces, con vigor, se soltó y cruzó a toda prisa el largo trecho de suelo reluciente. Un instante después, la puerta se cerró tras ella.
Newman se abrió paso hacia afuera como pudo.