El Americano
El Americano —Eso es muy cierto. Me ha esperado a mÃ. Nunca lo olvidaré. Y, con todo, ¿cómo es que no hizo lo que dijo monsieur de Bellegarde, enseñarle el papel a alguien?
—¿A quién se lo iba a enseñar? —respondió tristemente la señora Bread—. No era fácil saberlo, y he pasado más de una noche en vela, dándole vueltas. Seis meses después, cuando casaron a mademoiselle con ese viejo depravado, estuve a punto de sacarlo a la luz. Pensé que era mi deber hacer algo con él, y sin embargo estaba tremendamente asustada. No sabÃa lo que decÃa, ni hasta qué punto podÃa ser algo malo, y no habÃa nadie en quien pudiese confiar lo bastante para preguntar. Y me parecÃa que era una cruel demostración de afecto hacia esa dulce y joven criatura hacerle saber que su padre habÃa expuesto a su madre por escrito a una luz tan vergonzosa; porque eso es lo que hizo, supongo. Pensé que preferirÃa ser desgraciada con su esposo antes que ser desgraciada de esa manera. Por ella y por mi querido señor Valentin me quedé quieta. Digo quieta, pero para mà fue una quietud fatigosa. Me preocupaba terriblemente y me cambió por completo. Pero ante la gente me mordà la lengua, y nadie, hasta el dÃa de hoy, sabe lo que ocurrió entre el pobre marqués y yo.
—Pero, evidentemente, sospechaban —dijo Newman—. ¿De dónde sacó sus ideas el señor Valentin?