El Americano

El Americano

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—Fue el pequeño médico de Poitiers. Estaba muy descontento, y habló mucho. Era un francés perspicaz, y, como venía a casa día tras día, supongo que vio más de lo que parecía ver. Y, de hecho, la manera que tuvo de morirse el pobre marqués, en el preciso instante en que sus ojos se posaron sobre milady, fue una imagen de lo más chocante para todos. El caballero médico de París era mucho más acomodadizo, y echó tierra sobre las palabras del otro. Pero a pesar de sus esfuerzos, el señor Valentin y mademoiselle oyeron algo; sabían que la muerte de su padre, de alguna manera, no fue natural. Por supuesto, no podían acusar a su madre, y ya le he dicho que yo estaba tan muda como esa piedra. A veces, el señor Valentin me miraba y parecía que los ojos le brillaban, como si estuviese dándole vueltas a preguntarme algo. Yo tenía un miedo terrible a que me hablase, y siempre desviaba la vista y seguía ocupándome de mis asuntos. Si se lo decía, estaba segura de que después habría de odiarme, y eso no lo habría podido soportar. En cierta ocasión me acerqué a él y me tomé una gran libertad; le besé, igual que le había besado cuando era un niño. «No esté tan triste, señor —le dije—; crea a su pobre y vieja Bread. Un joven tan galante y apuesto no puede tener motivos para apenarse». Y creo que me entendió; entendió que me estaba excusando, y tomó una decisión a su manera. Siguió adelante con su pregunta en la cabeza, sin formularla, igual que hice yo con mi historia silenciada; ambos teníamos miedo de sumir en la deshonra a una gran casa. Y lo mismo pasaba con mademoiselle. No sabía qué había ocurrido; no quería saberlo. Mi señora y el señor Urbain no me hacían preguntas porque no tenían motivos. Yo estaba tan callada como un ratón. De joven, mi señora me había considerado una tunanta, y ahora me consideraba una necia. ¿Cómo iba yo a tener ideas?


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