El Americano

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—Pero ha dicho que el pequeño médico de Poitiers estuvo hablando —dijo Newman—. ¿Nadie recogió sus palabras?

—Nunca lo supe, señor. En estos países extranjeros siempre están hablando de escándalos (quizá se haya dado cuenta), y supongo que sacudieron las cabezas censurando a madame de Bellegarde. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podían decir? El marqués había estado enfermo, el marqués se había muerto; tenía tanto derecho a morirse como el que más. El doctor no podía decir que sus calambres no tuviesen explicación. Al año siguiente, el pequeño médico abandonó el lugar y se compró un dispensario en Burdeos; y, si hubo chismorreo, se fue extinguiendo. Y no creo que hubiese muchos rumores en torno a milady a los que la gente estuviese dispuesta a prestar oídos. Milady es muy respetable.

Newman, ante esta última afirmación, estalló en una estruendosa carcajada. La señora Bread había empezado a alejarse del sitio donde estaban sentados, y Newman la ayudó a cruzar el hueco del muro y a entrar por la senda de regreso a casa.




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