El Americano
El Americano —Sà —dijo Ă©l—, la respetabilidad de milady es una delicia; ¡va a ser una gran caĂda! —llegaron al espacio vacĂo que habĂa enfrente de la iglesia y se detuvieron un momento, mirándose el uno al otro con cierto aire de estrecha camaraderĂa… como dos conspiradores amistosos—. Pero ÂżquĂ© fue —dijo Newman—, quĂ© fue lo que le hizo a su marido? Ni le apuñalĂł ni le envenenĂł.
—No lo sé, señor; nadie lo vio.
—A no ser que lo viera el señor Urbain. Dice usted que se estaba paseando de arriba abajo, fuera de la habitaciĂłn. Quizá mirase a travĂ©s del ojo de la cerradura. Pero no; creo que, siendo su madre, confiarĂa.
—No le quepa duda de que he pensado en ello a menudo —dijo la señora Bread—. Estoy segura de que ella no le tocĂł con sus propias manos. En Ă©l no vi nada por ningĂşn lado. Creo que fue de la siguiente manera. SufriĂł un ataque de aquellos inmensos dolores que le aquejaban y le pidiĂł su medicina. En vez de dársela, ella fue y la derramĂł ante sus ojos. Entonces Ă©l vio sus intenciones y, dĂ©bil e indefenso como estaba, se asustĂł, le entrĂł terror. «Quieres matarme», dice Ă©l. «SĂ, monsieur le Marquis, quiero matarte», dice milady, y se sienta y le mira. Creo que ya conoce usted los ojos de milady, señor; con ellos le matĂł, con la intensa malquerencia que puso en ellos. Fue como cuando cae una helada sobre las flores.