El Americano

El Americano

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—Bueno, es usted una mujer muy inteligente; ha mostrado una enorme discreción —dijo Newman—. Habré de apreciar muchísimo sus servicios como ama de llaves.

Habían empezado a descender por la colina, y la señora Bread no dijo nada hasta que llegaron abajo. Newman caminaba tras ella con pies ligeros; con la cabeza hacia atrás, contemplaba la totalidad de las estrellas; tenía la sensación de que estaba cabalgando por la Vía Láctea a lomos de su venganza.

—¿Así que es usted sincero, señor, respecto a eso? —dijo la señora Bread en voz baja.

—¿Respecto a que viva conmigo? Vaya, por supuesto que me voy a ocupar de usted hasta el final de sus días. No puede seguir viviendo con esa gente. Y además no debería hacerlo después de esto, ¿sabe? Me da usted el papel y luego se muda.

—Parece muy alocado por mi parte ocupar un nuevo empleo a estas alturas de la vida —observó lúgubremente la señora Bread—. Pero si va usted a poner la casa patas arriba, preferiría no encontrarme en ella.

—Ah —dijo Newman, con el tono animoso de un hombre que se siente rico en alternativas—, no creo que vaya a traer a los alguaciles, si a eso se refiere. Hiciera lo que hiciera madame de Bellegarde, me temo que la ley no puede ocuparse de ello. Pero me alegro; ¡esto lo deja completamente en mis manos!


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