El Americano

El Americano

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—Es usted un caballero muy valiente, señor —murmuró la señora Bread, mirándole desde el borde de su gran sombrero.

La acompañó de vuelta al château; el toque de queda había sonado para los laboriosos aldeanos de Fleurières, y la calle estaba oscura y vacía. Ella le prometió que en media hora tendría en sus manos el manuscrito del marqués. Como la señora Bread prefirió no entrar por la verja grande, dieron la vuelta por una vereda sinuosa hasta que llegaron a una puerta del muro del parque, de la que tenía la llave y que le permitiría entrar al château por detrás. Newman acordó con ella que esperaría extramuros a que volviese con el codiciado documento.

La señora Bread entró, y la media hora en la sombría vereda se le hizo muy larga. Pero tenía muchas cosas en qué pensar. Al fin, la puerta del muro se abrió. Allí estaba la señora Bread, con una mano en la aldaba y con la otra agarrando un trocito muy doblado de papel blanco. En un instante Newman ya se había adueñado de él, y pasó al bolsillo de su chaleco.

—Venga a verme a París —dijo—; hemos de arreglar su futuro, ¿sabe?; y le traduciré el francés del pobre monsieur de Bellegarde —nunca como ahora se había sentido tan agradecido a las clases de monsieur Nioche.


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