El Americano

El Americano

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La señora Bread había seguido con sus ojos mortecinos la desaparición del papel, y exhaló un profundo suspiro.

—Bueno, ha hecho usted lo que ha querido conmigo, señor, y supongo que volverá a hacerlo. Debe ocuparse de mí ahora. Es usted un caballero tremendamente positivo.

—¡En estos momentos —dijo Newman—, soy un caballero tremendamente impaciente! —y dándole las buenas noches se encaminó aceleradamente a la posada.

Dio órdenes de que le preparasen su vehículo para regresar a Poitiers, y después cerró la puerta de la sala común y se acercó de una zancada a la lámpara solitaria que había sobre la chimenea. Sacó el papel y lo desdobló a toda prisa. Estaba cubierto de trazos de lápiz que a primera vista, bajo la tenue luz, eran confusos. Pero la impetuosa curiosidad de Newman arrancó un sentido a los trémulos signos. Rezaba así:

Mi esposa ha intentado matarme, y lo ha hecho; estoy muriéndome, muriéndome de la manera más horrible. Es para casar a mi querida hija con monsieur de Cintré. Con toda mi alma protesto, lo prohíbo. No estoy loco, pregunten a los médicos, pregunten a la señora B. Ha sido aquí, a solas conmigo, esta noche; me atacó y me dio muerte. Es un asesinato, si hay algo que merezca tal nombre. Pregunten a los médicos.

HENRI-URBAIN DE BELLEGARDE


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