El Americano
El Americano —También yo tenÃa miedo, señor —dijo la señora Bread—, pero a la vez estaba tremendamente disgustada. Tuve una intensa discusión con el portero, y le pregunté que con qué derecho ejercÃa la violencia con una honorable mujer inglesa que llevaba viviendo en la casa treinta años antes de que se supiese nada de él. Ah, señor, estuve soberbia, y achanté al hombre. Descorrió los cerrojos y me dejó salir, y le prometà al cochero que serÃa generosa si conducÃa con rapidez. Pero era terriblemente lento; parecÃa que no Ãbamos a llegar jamás a su bendita puerta. Sigo temblando de pies a cabeza; he tardado cinco minutos, justo ahora, en enhebrar la aguja.
Newman le dijo, con una risa gozosa, que si lo deseaba podÃa tener a su servicio una criadita para enhebrarle las agujas, y se retiró murmurando para sus adentros que la vieja dama estaba asustada… ¡estaba asustada!