El Americano
El Americano No le había enseñado a la señora Tristram el papelito que llevaba en su billetera, pero desde su regreso a París la había visto en varias ocasiones y ella le había dicho que le notaba raro… aún más raro de lo que era natural en su triste situación. ¿Le había afectado la decepción a la cabeza? Tenía el aspecto de un hombre que iba a caer enfermo, y aun así nunca le había visto más nervioso y activo. Tan pronto un día se quedaba sentado con la cabeza gacha y como si estuviese firmemente resuelto a no volver a sonreír jamás, como se abandonaba otro día a risotadas casi indecorosas y hacía chistes que eran malos incluso para él. Si estaba intentando arrostrar su dolor, la verdad es que en estas ocasiones iba demasiado lejos. La señora Tristram le rogó por encima de todo que no estuviese «raro». Sintiéndose, como hasta cierto punto se sentía, responsable de la aventura que tan desfavorable giro había tenido para Newman, la señora Tristram era capaz de soportarlo todo excepto su rareza. Podía estar melancólico si se le antojaba, o podía estar estoico; podía estar de mal humor y quisquilloso con ella y preguntarle cómo se había atrevido a entrometerse en su destino: a esto se resignaría, con esto mostraría indulgencia. Pero, por amor de Dios, que no fuese incoherente. Sería harto desagradable. Era como esas personas que hablan en sueños; siempre la asustaban. Y la señora Tristram le anunció que, asumiendo una posición de superioridad frente a la obligación moral que los acontecimientos le habían impuesto, se proponía no descansar tranquila hasta poner a Newman frente a la sustituta menos inadecuada de madame de Cintré que hubiese en ambos hemisferios.