El Americano

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—En fin —dijo Newman—, ¡ahora estamos en paz, y más nos valdría no abrir una nueva cuenta! Quizá algún día me entierre usted, pero nunca me casará. Es demasiado escabroso. Espero, en todo caso —añadió—, que esto no tenga nada de incoherente: el domingo que viene quiero ir a la capilla carmelita de la Avenue de Messine. Usted conoce a uno de los pastores católicos… un abad, ¿no es eso? Le vi allí, ¿sabe?; aquel anciano caballero de aspecto maternal que lleva una gran pretina. Pregúntele, por favor, si necesito un permiso especial para entrar, y, si es así, ruéguele que me consiga uno.

La señora Tristram manifestó un regocijo adorable.

—¡Cuánto me alegra que me pida que haga algo! —exclamó—. Entrará usted en la capilla aunque el abad tenga que colgar los hábitos por la parte que le toca.

Y dos días después le dijo que estaba todo preparado; el abad estaba encantado de ayudarle, y si Newman se presentaba educadamente en la verja del convento no habría ninguna dificultad.



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