El Americano
El Americano Newman, a la sazón, empezó a admirar a la duquesa por sus elegantes modales. TenÃa la sensación, y no se equivocaba, de que no era ni una pizca menos cortés de lo que habrÃa sido si su matrimonio siguiera en perspectiva; pero también sentÃa que no era ni una pizca más cortés. Newman habÃa venido, razonaba la duquesa… sabe Dios por qué habÃa venido, después de lo ocurrido; y durante esa media hora, por tanto, serÃa charmante. Pero no volverÃa a verle. Como no se le ponÃa en bandeja ninguna oportunidad para contar su historia, Newman caviló acerca de estas cosas con más desapasionamiento del que cabrÃa haber esperado; estiró las piernas, como siempre, e incluso se rio entre dientes, a modo de aprobación y en silencio. Y entonces, mientras ella le seguÃa relatando una mot con la que su madre habÃa desairado al gran Napoleón, se le ocurrió que el hecho de que la duquesa evadiese un capÃtulo de la historia francesa que a él personalmente le resultaba más interesante posiblemente obedeciera a una extrema consideración a sus sentimientos. Quizá se tratase de delicadeza por parte de la duquesa, y no de sagacidad. Estaba a punto de decir algo, para que la oportunidad que se habÃa propuesto darle fuese aún mejor, cuando el criado anunció otra visita. La duquesa, al oÃr el nombre —era el de un prÃncipe italiano— hizo un mohÃn imperceptible y le dijo rápidamente a Newman: «Le ruego que se quede; deseo que esta visita sea breve». Al oÃr esto, Newman se dijo que madame d’Outreville tenÃa la intención, después de todo, de que hablasen sobre los Bellegarde.