El Americano
El Americano El príncipe era un hombre bajo y fornido, con una cabeza desproporcionadamente grande. Tenía la tez morena y cejas pobladas, bajo las cuales sus ojos exhibían una expresión un tanto desafiante; parecía que le retaba a uno a que insinuase que estaba mal proporcionado por la parte superior. La duquesa, a juzgar por su encomienda a Newman, le consideraba un pelmazo; pero esto no se ponía en evidencia en el torrente desenfrenado de su conversación. La duquesa hizo una serie nueva de mots, describió con gran acierto el intelecto italiano y el sabor de los higos de Sorrento, predijo el futuro eventual del reino italiano (hastío del régimen brutal de Cerdeña y regresión completa, en toda la península, al sacro poder del Padre Santo), y, finalmente, refirió la historia de los amoríos de la Princesa X. Esta última narración fue objeto de ciertas rectificaciones por parte del príncipe, que, como él mismo dijo, reclamaba cierto conocimiento de la cuestión; y, seguro ya de que Newman no estaba de humor para reírse, ni en relación con el tamaño de su cabeza ni con ninguna otra cosa, entró en la controversia con una animación para la que la duquesa, cuando le tachó de pelmazo, no podía haber estado preparada. Las vicisitudes sentimentales de la Princesa X llevaron a una discusión sobre la historia del corazón de la nobleza florentina en general; la duquesa había pasado cinco semanas en Florencia y había recabado mucha información sobre el tema. Esto, a su vez, se fundió con un examen del corazón italiano per se. La duquesa adoptó un punto de vista brillantemente heterodoxo: lo consideraba, entre todos los de su especie, el órgano menos impresionable con que jamás se había topado; relató ejemplos de su falta de impresionabilidad, y terminó declarando que para ella los italianos eran una gente de hielo. El príncipe se enardeció para refutarla, y su visita resultó realmente deliciosa. Newman, como es natural, estaba al margen de la conversación; estuvo sentado con la cabeza un poco ladeada, mirando a los interlocutores. La duquesa, mientras hablaba, le miraba con frecuencia y sonreía, como para darle a entender, con el encantador estilo de su nación, que sólo de él dependía decir algo que viniese muy al caso. Pero Newman nada dijo, y al final sus pensamientos empezaron a extraviarse. Una sensación curiosa le invadió… la súbita conciencia de lo absurdo de su misión. Al fin y al cabo, ¿qué demonios tenía que decirle él a la duquesa? ¿En qué le iba a beneficiar a él contarle que los Bellegarde eran unos traidores y que la vieja dama, por añadidura, era una asesina? Moralmente, parecía haber dado una especie de voltereta, y, en consecuencia, haberse encontrado con que las cosas tenían otro aspecto. De pronto, sintió que se fortalecía su voluntad y que su reserva se agudizaba. ¿En qué diablos había estado pensando cuando se imaginó que la duquesa podría ayudarle, y que contribuiría a su consuelo llevarla a pensar mal de los Bellegarde? ¿Qué le importaba a él su opinión de los Bellegarde? Sólo era una pizca más importante que la opinión que los Bellegarde albergaban de ella. Ayudarle a él la duquesa… esa mujer fría, corpulenta, blanda, artifical… ¿ayudarle?… ella, que en los últimos veinte minutos había erigido entre ambos un muro de conversación cortés, en el que a todas luces se hacía la ilusión de que Newman nunca encontraría una puerta de acceso. ¿Hasta ese punto había llegado: a estar pidiendo favores a personas engreídas, y suplicando condolencia cuando él no tenía condolencia alguna que ofrecer? Apoyó los brazos sobre las rodillas, y durante unos minutos se quedó mirando su sombrero. Los oídos le zumbaban: había estado a punto de ser un estúpido. Quisiera o no la duquesa escuchar su historia, no se la contaría. ¿Iba a quedarse ahí sentado otra media hora por mor de desenmascarar a los Bellegarde? ¡Al infierno los Bellegarde! Se levantó bruscamente y se acercó a estrecharle la mano a su anfitriona.