El Americano
El Americano —¿No puede quedarse más? —preguntó ésta, muy cortésmente.
—Me temo que no —dijo él.
La duquesa titubeó un momento, y después declaró:
—Pensaba que tenía algo concreto que contarme.
Newman la miró; se sintió un poco mareado; en ese momento le pareció que estaba volviendo a hacer la voltereta. El pequeño príncipe italiano acudió en su auxilio:
—Ah, madame, ¿quién no lo tiene? —suspiró suavemente.
—No enseñe al señor Newman a decir fadaises[34] —dijo la duquesa—. Tiene el mérito de no saber hacerlo.
—Sí, no sé decir fadaises —dijo Newman—, y no quiero decir nada grosero.
—Estoy segura de que es usted muy atento —dijo la duquesa con una sonrisa; y le hizo un pequeño gesto a modo de despedida, con el que Newman se marchó.