El Americano
El Americano Esta carta le llegó a Newman por la mañana; al anochecer emprendió el rumbo a París. La herida empezó a dolerle con su furia primera, y durante el largo y desolado viaje el pensamiento de la «vida por delante» de madame de Cintré, transcurrida entre muros carcelarios en cuyo exterior podría estar él, fue una compañía constante. Ahora se establecería en París para siempre; extraería una especie de felicidad del conocimiento de que, si bien ella no estaba ahí, al menos sí lo estaba el sepulcro pétreo que la retenía. Se dejó caer, de improviso, sobre la señora Bread, a quien encontró cumpliendo su solitaria guardia en los grandes salones vacíos del Boulevard Haussmann. Estaban tan pulcros como los de una aldea holandesa; la tarea exclusiva de la señora Bread había sido quitar partículas aisladas de polvo. No se quejó, sin embargo, de su soledad, pues según su filosofía un criado no era más que una máquina misteriosamente ideada, y tan extravagante sería que una ama de llaves comentase las ausencias de un caballero como que un reloj observase que no le habían dado cuerda. No había ningún reloj, suponía la señora Bread, que contuviese todo el tiempo, y no había ningún criado que pudiese disfrutar de toda la luz del sol que irradia la carrera de un patrón exigente. Se atrevió, no obstante, a expresar su modesta esperanza de que Newman tuviese la intención de permanecer un tiempo en París. Newman apoyó la mano sobre la de la señora Bread y se la sacudió con dulzura. «Mi intención es quedarme para siempre», dijo.