El Americano

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Tras esto fue a ver a la señora Tristram, a quien había telegrafiado y que le estaba esperando. Ésta le miró un momento y sacudió la cabeza.

—Esto no servirá de nada —dijo—; ha vuelto usted demasiado pronto.

Newman se sentó y preguntó por su marido y sus hijos, incluso intentó preguntar por la señorita Dora Finch. En medio de todo esto, preguntó abruptamente:

—¿Sabe dónde está?

La señora Tristram vaciló un instante; por supuesto, no se podía estar refiriendo a la señorita Dora Finch. Entonces respondió, con todo decoro:

—Se ha marchado al otro edificio… a la Rue de l’Enfer.

Cuando Newman llevaba ya un buen rato sentado con un aspecto muy sombrío, continuó:

—No es usted tan buen hombre como pensaba. Es usted más… más…

—¿Más qué? —preguntó Newman.

—Más rencoroso.

—¡Santo cielo! —exclamó Newman—; ¿espera usted de mí que perdone?

—No, eso no. Yo no he perdonado, así que usted, por supuesto, no puede. ¡Pero podría olvidarse! Su humor ante este asunto es peor de lo que me habría esperado. Parece usted malo… parece peligroso.


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