El Americano

El Americano

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—Ah, entonces es altiva, ¿eh?

—Te mira como si fueras transparente y eso es más o menos lo que le importas.

—¡Así que es muy orgullosa!

—¿Orgullosa? Tan orgullosa como yo humilde.

—¿Y no es guapa?

Tristram se encogió de hombros.

—El suyo es un tipo de belleza que para entenderlo hay que ser un intelectual. En fin, debo irme a entretener al grupo.

Transcurrió un rato antes de que Newman siguiera a sus amigos a la sala de estar. Cuando al fin hizo acto de presencia se quedó poco tiempo, y durante este período guardó completo silencio, escuchando a una dama que la señora Tristram le había presentado al instante y que hablaba, sin una sola pausa, con la plena potencia de una voz extraordinariamente chillona. Newman la miraba con fijeza y atendía. Al cabo de un rato se dirigió a la señora Tristram para darle las buenas noches.

—¿Quién es esa dama? —preguntó.

—La señorita Dora Finch. ¿Qué tal le cae?

—Es demasiado ruidosa.

—¡Tiene fama de ser muy brillante! No cabe duda de que es usted exigente —dijo la señora Tristram.

Newman vaciló unos instantes y al fin dijo:


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