El Americano
El Americano —No se olvide de su amiga, ¿madame… cómo-se-llama?, la orgullosa belleza. Invítela a cenar y avíseme con tiempo.
Y con estas palabras se marchó.
Varios días después regresó; era por la tarde. Encontró a la señora Tristram en su sala de estar; con ella había una visita, una mujer joven y bonita vestida de blanco. Las dos mujeres se habían puesto de pie y parecía que la visita se estaba despidiendo. Mientras se acercaba, Newman recibió de la señora Tristram una mirada repleta del más elocuente significado, que no fue capaz de interpretar inmediatamente.
—Es un buen amigo nuestro —dijo la señora Tristram interpelando a su acompañante—, el señor Christopher Newman. Le he hablado de usted y tiene enormes deseos de conocerla. Si hubiese consentido en venir a cenar, me habría permitido darle una oportunidad.
La desconocida volvió el rostro hacia Newman, con una sonrisa. Éste no se turbó, porque su inconsciente sang-froid era infinita; pero al darse cuenta de que ésta era la orgullosa y bella madame de Cintré, la mujer más encantadora del mundo, la perfección prometida, el ideal completo, hizo un movimiento instintivo para poner las ideas en orden. Más allá de la ligera absorción que reflejaba, percibió un rostro alargado e inmaculado, y dos ojos que eran a la vez brillantes y apacibles.