El Americano
El Americano —Me habrÃa hecho muy feliz —dijo madame de Cintré—. Por desgracia, como ya le he dicho a la señora Tristram, el lunes me voy al campo.
Newman hizo una reverencia solemne.
—Lo lamento mucho —dijo.
—En ParÃs está empezando a hacer demasiado calor —añadió madame de Cintré, estrechando de nuevo la mano de su amiga a modo de despedida.
La señora Tristram parecÃa haber tomado una determinación repentina y un tanto arriesgada, y sonrió con mayor intensidad, como hacen las mujeres cuando toman este tipo de decisiones.
—Quiero que el señor Newman la conozca —dijo, ladeando la cabeza y mirando los lazos del sombrero de madame de Cintré.
Christopher Newman guardó un profundo silencio, mientras su perspicacia nativa le precavÃa. La señora Tristram estaba decidida a forzar a su amiga a dirigirle una palabra de aliento que debÃa tenÃa que ser algo más que una de las fórmulas habituales de cortesÃa; y si era la caridad la que la inducÃa a ello, era la caridad que empieza por uno mismo. Madame de Cintré era su queridÃsima Claire, y objeto de su especial admiración; pero a madame de Cintré le habÃa sido imposible cenar con ella, y por una vez habÃa que forzarla con suavidad a rendir tributo a la señora Tristram.