El Americano
El Americano —SerÃa un gran placer —dijo, mirando a la señora Tristram.
—¡En el caso de madame de Cintré —exclamó la otra mujer— eso ya es decir mucho!
—Le estoy muy agradecido —dijo Newman—. La señora Tristram puede hablar en mi nombre mejor de lo que yo pueda hablar de mà mismo.
Madame de Cintré le miró de nuevo con la misma viveza apacible.
—¿Piensa usted quedarse mucho tiempo en ParÃs? —preguntó.
—Le retendremos aquà —dijo la señora Tristram.
—¡A mà sà que me están reteniendo! —dijo madame de Cintré, y le estrechó la mano a su amiga.
—Sólo un rato más —dijo la señora Tristram.
Madame de Cintré volvió a mirar a Newman; esta vez, sin su sonrisa. Sus ojos se posaron sobre él un instante.
—¿Vendrá usted a verme? —le preguntó.
La señora Tristram le dio un beso. Newman expresó su agradecimiento y madame de Cintré se despidió. Su anfitriona la acompañó a la puerta y dejó solo a Newman un momento. En seguida volvió, frotándose las manos.