El Americano
El Americano Entrada ya la tarde de verano, Newman cruzó el Sena y se abrió camino por esas calles grises y silenciosas del Faubourg Saint-Germain, cuyas casas presentan al mundo exterior una fachada tan impasible y tan sugerente de la concentración de intimidad que hay en su interior como las desnudas paredes de los serrallos de Oriente. A Newman se le antojó un extraño modo de vida para la gente rica; su ideal de grandeza era una fachada espléndida que difunde también su lustre al exterior, irradiando hospitalidad. La casa a la que había sido dirigido tenía un oscuro y polvoriento portal pintado que se abrió de par en par en respuesta a su llamada. Le dio acceso a un ancho patio de gravilla, rodeado a tres bandas por ventanas cerradas y con una puerta que daba a la calle, a la que se llegaba subiendo tres escalones y rematada por una marquesina de estaño. Todo el lugar estaba a la sombra; respondía a la idea que tenía Newman de un convento. La portera no supo decirle si madame de Cintré estaba visible; le rogó que llamase a la puerta del fondo. Cruzó el patio; sentado en los escalones del pórtico había un caballero, con la cabeza descubierta, jugando con un hermoso pointer. Se alzó mientras Newman se acercaba y, posando la mano sobre el timbre, dijo en inglés con una sonrisa que se temía que habría de esperar; los sirvientes se habían extraviado; también él había estado llamando; no sabía qué diablos les pasaba. Era un hombre joven; su inglés era excelente, y su sonrisa muy franca. Newman pronunció el nombre de madame de Cintré.