El Americano
El Americano —Creo —dijo el joven— que mi hermana está visible. Entre, y si me da usted su tarjeta yo mismo se la llevaré.
Acompañaba a Newman en su misión un ligero sentimiento, no diré tanto que de reto —una tendencia a la agresión o a la defensa, según fuera necesario— como de recelo reflexivo y jovial. Parado en el pórtico, se sacó del bolsillo una tarjeta en la que, bajo su nombre, habÃa escrito las palabras «San Francisco», y mientras la presentaba miraba con cautela a su interlocutor. Su mirada era singularmente tranquilizadora; le gustaba el rostro del joven; se parecÃa mucho al de madame de Cintré. A todas luces, era su hermano. El joven, a su vez, habÃa hecho una rápida inspección de la persona de Newman. HabÃa cogido la tarjeta y estaba a punto de entrar con ella en la casa cuando apareció otra figura en el umbral: un hombre de más edad, de buena presencia, vestido con traje de etiqueta. Clavó la mirada en Newman, y Newman le miró. «Madame de Cintré», repitió el joven, a modo de presentación del visitante. El otro cogió la tarjeta de su mano, la leyó de una fugaz ojeada, volvió a mirar a Newman de la cabeza a los pies, titubeó un instante y dijo luego con tono grave pero cortés:
—Madame de Cintré no se encuentra en casa.
El más joven de los dos hizo un gesto, y a continuación, dirigiéndose a Newman, dijo: