El Americano

El Americano

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—En total serán tres mil francos —dijo el anciano, sonriendo agradablemente pero entrecruzando los dedos a modo de instintiva súplica.

—¿Podría darme un recibo?

—He traído uno —dijo monsieur Nioche—. Me tomé la libertad de extenderlo por si acaso monsieur tenía a bien desear liquidar su deuda —y sacó un papel de su cartera que entregó a su protector. El documento estaba escrito con una caligrafía diminuta y estrafalaria, y expresado en el más selecto de los lenguajes.

Newman entregó el dinero, y monsieur Nioche dejó caer los napoleones uno a uno, solemne y amorosamente, en un viejo monedero de cuero.

—¿Y qué tal está su damita? —preguntó Newman—. Me causó una gran impresión.

—¿Impresión? Monsieur es muy amable. ¿Monsieur admira su aspecto?

—Es muy bonita, sin duda.

—¡Ay, sí, es muy bonita!

—¿Qué mal hay en que sea bonita?

Monsieur Nioche clavó los ojos en un punto de la alfombra y sacudió la cabeza. Después, alzándolos hacia Newman con una mirada que pareció volverse más animada y expansiva, dijo:

—Monsieur ya sabe lo que es París. Es peligroso para la belleza, cuando la belleza no puede ofrecer ni un penique.


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