El Americano
El Americano —Ah, pero no es el caso de su hija. Ahora es rica.
—Muy cierto; seremos ricos durante seis meses. Pero, con todo, si mi hija fuese una muchacha corriente yo dormiría mejor.
—¿Teme usted a los jóvenes?
—¡A los jóvenes y a los viejos!
—Debería conseguir un marido.
—Ah, monsieur, no se consigue un marido a cambio de nada. Su marido deberá aceptarla tal y como es; no la puedo dotar ni con un penique. Pero los jóvenes no miran con esos ojos.
—Bueno —dijo Newman—, su talento es en sí mismo una dote.
—¡Ah, señor, primero hay que convertirlo en especie! —y monsieur Nioche le dio un tierno cachete a su portamonedas antes de guardarlo—. Una operación así no ocurre todos los días.
—Bueno, los jóvenes de aquí son muy mezquinos —dijo Newman—; no puedo decir otra cosa. Deberían ser ellos quienes pagasen por su hija, en vez de pedir dinero.
—Sus ideas son muy nobles; pero ¿qué quiere? No son las ideas de este país. Queremos saber qué nos traemos entre manos cuando nos vamos a casar.
—¿Qué dote necesita su hija?