El Americano

El Americano

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Monsieur Nioche le miró fijamente, como si se estuviese preguntando qué venía a continuación; pero casualmente se recuperó al punto y replicó que conocía a un joven muy agradable, empleado de una compañía de seguros, que se contentaría con quince mil francos.

—Que su hija me pinte media docena de cuadros y tendrá su dote.

—¡Media docena de cuadros… su dote! ¿No estará hablando monsieur irreflexivamente?

—Si me hace seis u ocho copias del Louvre tan bonitas como esa Madonna, le pagaré el mismo precio —dijo Newman.

El pobre monsieur Nioche se quedó sin habla durante unos instantes, lleno de asombro y gratitud; después cogió la mano de Newman, la apretó entre sus diez dedos y clavó sobre él unos ojos húmedos.

—¿Tan bonitas como ésa? Serán mil veces más bonitas; serán magníficas, sublimes. ¡Ah, ojalá supiera yo pintar, señor, para echarle así una mano! ¿Qué puedo hacer para agradecérselo? Voyons! —dijo, y se estrujó la frente mientras intentaba que se le ocurriese algo.

—Bueno, ya me lo ha agradecido bastante —dijo Newman.

—¡Ah, ya sé, señor! —exclamó monsieur Nioche—. Para expresarle mi gratitud, no le cobraré nada por las lecciones de conversación francesa.


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