La Copa Dorada

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—Si hubiera pedido cinco chelines, el objeto en cuestión sería caro como regalo. Y ni siquiera si le hubiera costado cinco peniques lo aceptaría.

—¿Cuál es el defecto que tiene?

—Una grieta.

Estas palabras fueron pronunciadas con un acento tan seco, con tal autoridad, que casi la sobresaltaron puesto que, al escucharlas, se sonrojó. La maravillosa seguridad con que había hablado inducía a creer que estaba en lo cierto. Charlotte le preguntó:

—¿Cómo puede estar tan seguro sin haber mirado el objeto?

—Lo miré. Lo vi perfectamente. La historia de ese objeto es patente. No me sorprende que el precio sea bajo.

Charlotte, como si aquel nuevo aspecto del objeto tuviera la virtud de hacerlo todavía más interesante, más extraño y más tierno, se sintió inducida a insistir:

—Pero es exquisito.

—Naturalmente que es exquisito. En esto radica el peligro.

A los ojos de Charlotte se hizo visible entonces una luz, una luz con la que repentina e intensamente resplandeció su amigo. El reflejo de esta luz, mientras Charlotte sonreía al Príncipe, le envolvía la cara:


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