Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Milly se detuvo a pensar y tal vez fuese la verdad misma de sus palabras —que no podÃa pasar por alto— lo que agudizó su impaciencia y por tanto su ingenio.
—Está usted harto, pero no es sabio. Está familiarizado con todo, pero en realidad no es consciente de nada. Le falta imaginación.
Al oÃrla, lord Mark echó atrás la cabeza y recorrió con la mirada el lado opuesto de la sala y por fin pareció divertirse lo bastante para atraer la atención de su anfitriona. No obstante, la señora Lowder se limitó a sonreÃr a Milly, como dándole a entender que ya contaba con que hiciesen bromas picantes, y prosiguió, con un chapoteo de la hélice, su crucero entre las islas.
—¡Ah, no es la primera vez que me lo dicen! —replicó el joven.
—A eso me refiero. A que ya lo ha oÃdo todo. Por supuesto también a mà me ha oÃdo a menudo, en mi paÃs.
—No lo suficiente —se quejó él—. Le aseguro que espero seguir oyéndola mucho tiempo.
—Pero ¿de qué le ha servido? —continuó la joven como si estuviese francamente decidida a divertirle.
—¡Oh, lo sabrá cuando me conozca!
—Pero lo más probable es que no llegue a conocerle.