Las alas de la paloma

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—Y, si es tan interesada —sabía que hablaba con brusquedad—, ¿qué motivos tiene la señorita Croy? ¿Qué puede sacar de habernos recibido tan bien? ¡Mírela ahora! —Milly prorrumpió en una serie de halagos muy característicos que interrumpió con un «¡Oh!» compungido, cuando se dio la coincidencia de que Kate se volvió hacia ellos. Había querido insistir en la hermosura de su rostro, pero lo que hizo fue volver a darle la impresión a su dueña de que se había confabulado con lord Mark para observarla de manera interesada. Sin embargo, él respondió enseguida:

—¿Qué puede sacar? Pues conocerla.

—Y ¿qué ganaría con conocerme? Estoy segura de que sólo se preocupa por mí porque le doy lástima, y por eso resulta tan encantadora, porque está dispuesta a tomarse esa molestia. No se puede ser más desinteresada.

Lord Mark podría haber respondido muchas cosas, pero al cabo de un minuto hizo su elección:

—Entonces me he perdido, pues mucho me temo que no me inspira usted ninguna lástima. ¿Cómo explica entonces «su éxito»? —preguntó.

—Es la razón principal. Nuestra amiga lo ha visto y por eso me compadece. Lo entiende, es mejor que ninguno de ustedes. Es muy hermosa —respondió Milly.


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