Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Así fue como, allá arriba, en el enorme y dorado salón histórico, en presencia del pálido personaje del cuadro, cuyos ojos parecían pendientes de los suyos, creyó sumirse de pronto en algo tan íntimo y humilde que le pareció extraño sentirlo en presencia de tanta grandeza. Surgió de forma inesperada y no tuvo más remedio que aceptarlo, y al mismo tiempo fue evidente que, en cierta medida, se había ensimismado así para escapar de otra cosa. Nada más reparar, tres minutos antes, en la aparición de su amiga fue consciente, incluso mientras los demás intentaban ocupar su atención, de la presencia perversa de algo con lo que cada vez le resultaba más desagradable toparse, al menos durante los primeros instantes y que obedecía a sus propios mecanismos. «¿Será así como lo mira a él?», se preguntó, la perversidad consistía en que era incapaz de olvidar que Densher conocía a Kate. No era culpa de Kate, ni, desde luego, de él; y, como era buena y generosa, le horrorizaba comportarse con ellos como si fuese culpa de alguno. Con el propio Densher no podía disculparse, pues estaba demasiado lejos; pero su impulso secundario fue disculparse con Kate. Y eso es lo que hizo con una extraña y blanda energía en cuanto notó que dicho impulso se ponía en funcionamiento.

—¿Me harías mañana un gran favor?

—Haré lo que quieras, querida.


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