Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Milly intentó tomárselo a broma para no —era demasiado absurdo— asustarse. Sin duda era raro —o al menos poco natural— que, a última hora de la noche, en un hotel, en ausencia de Susie, le faltara la confianza en sí misma. Al día siguiente recordaría, entre otras cosas, que, al juntar todas las piezas al amanecer, había tenido la sensación de hallarse a solas con un animal que daba vueltas como una pantera. Era una imagen violenta, pero sirvió para que se sintiera menos avergonzada por haberse asustado. No obstante, a pesar de su temor, conservó la calma suficiente para encontrar una respuesta:

—Sin embargo, de no haber sido por Susie, no te habría conocido.

Fue entonces cuando Kate alcanzó el cénit de su inspiración.

—¡Oh, es posible que también acabes odiándome!

Eso ya fue demasiado, tal como le dio a entender Milly con su débil llama tras echarle una mirada sorprendida. No le importó, lo que ella quería era saber; y, aunque su voz hubiese adquirido un leve tono de solemne reproche y una tensión sombría, eso sería lo único que haría para servir a la señora Lowder.

—¿Por qué me dices estas cosas?


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