Las alas de la paloma

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—¡Ah! —exclamó la otra parte, mientras Densher guardaba silencio, ocupado como estaba en sopesar aquella interjección. Al instante comprendió que era menos imponderable de lo que parecía y que tenía rasgos claros. No era, supo enseguida, el «¡Ah!» de un idiota, por grande que fuese superficialmente el parecido: era el del hombre inteligente y experimentado; era la especialidad de quien lo había pronunciado, y para producirlo habían hecho falta muchas vivencias y una educación muy cara. Densher notó que despertaba su curiosidad como un objeto de valor encontrado por casualidad. Los tres siguieron un rato de pie, con una incomodidad a la que él fue consciente de contribuir; Kate no le pidió a lord Mark que se sentara y le indicó que podría encontrar a la señora Lowder, y a unos amigos, en el balcón.

—¡Oh!, y a la señorita Theale, supongo; me ha parecido oír, desde la calle, la voz inconfundible de la señora Stringham.

—Sí, pero la señora Stringham ha venido sola. Milly no se encuentra bien —explicó la joven— y se ha visto obligada a decepcionarnos.

—¡Ah!, ¡«decepcionarnos», sin duda! —Y, demorándose un poco, clavó la mirada en Densher—. Confío en que no sea nada grave.


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